domingo, 21 de julio de 2019


ÉTICA DEL PASTOR EN LOS CREYENTES

La ética cristiana "es la ciencia de la conducta humana, tal como está determinada por la conducta de Dios".

Cuando hablamos de ética cristiana, estamos pensando en la conducta que debe observar el cristiano en todo momento y en toda circunstancia. El apóstol Pedro escribe: "Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo" (1 P 1.14-16).

La ética cristiana nos desafía a mejorar nuestra manera de vivir porque demanda que vivamos según las normas de santidad que Cristo vivió. El apóstol Juan escribe: "El que dice que permanece en él debe andar como él anduvo" (1 Jn 2.6).
La ética cristiana sólo puede vivirla plenamente el cristiano, ya que solo él puede alcanzar ese nivel de conducta como resultado del poder del Espíritu Santo obrando en su vida. En Romanos 8.5-6, el apóstol Pablo nos explica: "Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz".

Cuando el apóstol Pablo escribe sus cartas explica el cambio de vida que debe experimentar toda persona después de aceptar a Cristo como salvador (Ef 4.17-32). Declara que los que están en Cristo son una nueva criatura y que las cosas viejas, las formas de vida, y aun las motivaciones deben ser hechas nuevas (2 Co 5.17). El cristiano debe ser un ejemplo de vida para el mundo sin Cristo, tanto en su conducta personal como en su relación con la familia, la sociedad y las autoridades (Ef 5.21, 6.9).

La ética ministerial es el conjunto de normas escriturales que rigen los ministros cristianos tanto en la esfera de las motivaciones como en la de sus acciones y que determinan su conducta en relación con Dios, la sociedad, su familia, su iglesia, la denominación a la que pertenece y las instituciones cristianas.

Es importante notar que llamamos ministro a todo cristiano que desarrolla un ministerio de liderazgo dentro de la iglesia, en su denominación, o dirigiendo un ministerio o entidad de servicio.

ÉTICA PERSONAL


El punto clave de esta área es el carácter de Cristo. Si no se asume el ir perfeccionándose cada para alcanzar la estatura del Varón perfecto, que es Cristo, no habrá una base sólida para desarrollar una ética personal bíblica seria. Jesús es el modelo de carácter que agrada a Dios. A él debemos asemejarnos.

A continuación se exponen las áreas que debe cuidar constante el creyente y el ministro para su testimonio.


1. Vida en el Espíritu

Para realizar el ministerio es imprescindible ser llenos del Espíritu
Santo. Sólo con su llenura y guía podremos entender cuál es la anchura y la profundidad del ministerio. El Espíritu pone el querer y el hacer, nos da gozo en tiempo de victoria y paz en la prueba (Jn. 16:7-15; Hc. 1:8; Lc. 4:16-18; Fil. 2:13; Rm. 8:14)

El carácter del creyente debe estar caracterizado por el fruto del
Espíritu Santo. Si estamos llenos de Dios, si Él es el Señor de nuestra vida, también debe serlo de nuestra forma de ser y relacionarnos. En las cartas pastorales, el apóstol Pablo, es enfático en señalar que la habilidad del pastor para el ministerio radica en la obra de Dios en su carácter y no en su capacidad académica (1 Tm. 3:1-7; Tt. 1:5-9). El pastor debe ser irreprensible en su vida personal, familiar y social. Debe tener buen testimonio de los suyos y de los de afuera.


Al pastor lo descalifica el mal carácter. No puede, ni debe ser agresivo, egoísta, cruel, insensible, impío, etc. El apóstol da una larga lista de los malos siervos (2 Tm. 3:1-9). Por su parte, el pastor debe tener un carácter amable, puro, alegre, flexible, cariñoso. Debe ser puro, justo, honesto, fiel. Su carácter debe reflejar bondad, comprensión, humildad y firmeza frente al pecado, la injusticia y la maldad. De lo contrario, está en contra de la verdad de la escritura y no puede manifestar con su vida el nuevo nacimiento en Cristo.

La gente no sigue a un pastor que no vive limpiamente. Debemos esforzarnos para vivir de acuerdo a sus mandamientos (1 Tm. 4:15-16; 6:11-14; Tt. 2:7-8).
Dios demanda que sus siervos, sean esforzados y diligentes en servirle a Él y defender la doctrina (Mt. 9:37; 2 Cor. 11:27-28). El pastor debe ser un trabajador en la causa de Dios, claro está, esto conlleva persecuciones y sufrimientos (2 Tm. 3:10-11; Ez. 33:7-8).

Un hombre lleno del Espíritu de Dios se somete a la escritura.
Procura vivir una vida limpia. Su conducta es ejemplar, porque nace de un corazón henchido del evangelio. Evidencia el fruto del nuevo carácter, descrito en la escritura. Vive la realidad de las bienaventuranzas. Es obediente, fiel, honrado y solidario. Los valores que marcan su vida son los del evangelio. Su ejemplo de vida es Jesús.

No es un religioso, ni tiene apariencia de piedad. Es un auténtico seguidor de Jesús y sus mandamientos. Se esfuerza con la gracia de Dios a servir, amar y aplicar las verdades escriturales. Sirve por amor a Dios y no para sí mismo. Debemos orar que Dios nos llene de su 
Espíritu y verdad para su gloria.

2. Vida en la Palabra

Jesús fue quien dijo: “Separados de mí, nada podéis hacer” (Jn. 15:5). Por tanto, todo siervo de Dios debe guiarse en su vida y ministerio, solo por las normas del evangelio. Quien no se somete a estas verdades de fe no es un verdadero siervo del Señor. Esto implica, escudriñar las escrituras, obedecerlas y honrarla con su ejemplo de vida.

Cuando nos acercamos a los principios bíblicos, nos damos cuenta lo rebeldes que somos y lo incapaces de obedecerlos. Además, se pone en evidencia, nuestro mal carácter y lo vulnerables a las tentaciones. Solo por la gracia de Dios, podemos reconocer la verdad de la escritura, apegarnos a ella y seguir humildemente sus preceptos.
Debemos reconocer que la verdad revelada es suficiente para nuestro crecimiento y gozo. Sus mandamientos no son gravosos, si no vida, esperanza y expresión de amor y protección del Señor para sus hijos.

Recordemos que al ser predicadores, el Señor nos ha constituido en colaboradores del Espíritu Santo. Él no es nuestro ayudante, si no quien dirige, capacita y llena nuestra boca para presentar el evangelio (Jer. 1:9; Lc. 12:11-10). En este sentido, su Espíritu nos hace aptos para el reino de Dios; y nos equipa para la alta e importante tarea de predicación.

No podemos presentar de cualquier manera el evangelio. Debe ser con las indicaciones y motivaciones correctas. Además, a quien debemos rendir cuentas es al Señor del cielo. En este sentido, nuestra vida, no debe ser inferior a la norma bíblica. Los pastores debemos aplicar el mensaje en primer lugar a nuestra vida personal y familiar y luego a la iglesia. No es ético predicar lo que no estamos viviendo. Esto indica, que debemos crecer en aspectos débiles, para tener la autoridad moral de exhortar a la congregación al respecto.

También, debemos dedicar el tiempo necesario para la preparación del sermón. Esforzarnos por presentar sermones que sean relevantes para la iglesia. Algunos peligros que debemos corregir son: no aplicar adecuadamente las verdades bíblicas. Usar sermones de otros predicadores, y no esforzarnos a preparar los nuestros. No predicar pensando en una persona en particular. No usar un versículo para hacer una doctrina. No suavizar la verdad bíblica. No exagerar el mensaje en lo que consideramos necesario.

Debemos predicar todo el consejo de Dios. Nos corresponde presentar defensa con mansedumbre y verdad. La actitud nuestra ante el texto debe ser de sumisa sujeción.

También de respeto y compromiso a obedecer. Recordemos que somos embajadores del reino, esto es un hermoso privilegio y requiere una gran responsabilidad. La vida en la palabra implica vivir lo que predicamos. Eso no nos debe hacer irresponsables al no predicar en lo que somos vulnerables. Más bien, debe hacernos más esforzados, orar y depender de Dios, para ser fortalecidos y poder predicar la verdad total y completa.


3. Vida de oración

Por último, para mantener el hilo conductor de este capítulo donde se ha visto que el creyente, especialmente el ministro, debe cultivar una vida en el Espíritu, una vida en la Palabra, queda que tratar el motor para todo lo anterior, la vida de oración. Sin la oración, no se puede llevar de forma correcta los dos puntos anteriores. Dejemos, entonces, que nuestro hermano Ismael nos explique este último punto.
Hemos aprendido diferentes aspectos de la vida del pastor. En esta sesión estudiaremos acerca del pastor y su vida de oración. Con mucha frecuencia la Biblia habla de esto (1 Tes. 5:17; Lc. 21:36; Fil. 4:6). La palabra de Dios nos manda orar; lo cual indica la importancia de obedecer. Dios nos pide que le sigamos en oración, porque Él sabe que no podemos vivir sin su vida y dirección.
Algunas de las razones por las que debemos orar siempre son: para mantener una vida limpia y recibir poder y ayuda divina en el ministerio. En este sentido, la oración es el medio usado por Dios para mostrarnos lo que somos, llevarnos a reconocer los errores y pedir perdón. Jesús nos mandó a orar constantemente (Mt. 26:41).

La oración nos permite estar unidos a Él; recibir santidad y limpieza para la mente y corazón (Jn. 15:5). Cuando oramos Dios nos bendice y responde (Sal. 91:15). Sin embargo, no debemos usar la oración como un amuleto. Si no como un medio de gracia para depender del Señor, su poder y su gracia derramada hacia nosotros. Jesús mismo nos dio ejemplo de una vida dedicada a la oración; debemos seguir su ejemplo (Mc. 1:35).

La vida limpia dada por Dios a través del conocimiento de la palabra y la vida de oración, no es para nosotros mismos, si no para vivir para Dios. Como resultado, seremos fructíferos y útiles en sus manos (Jn. 15:5). Recordemos que el pastor trabaja para la gloria de
Dios, es decir, para el bien de su pueblo. En este sentido, no debe hacer nada que Dios no le pida; sólo obedece sus demandas. Una de ellas es la oración. Nuestra propia capacidad no sirve para desarrollar la obra de
Dios. Por nuestra total incapacidad, es imposible agradarle.
Además, si lo pretendemos, afrentamos al Señor. Por tanto, es necesario e indispensable el poder del Señor para realizar su obra. Al tener su poder obrando en nosotros tenemos éxito y prosperidad en el ministerio (Jn. 15:7; Hc. 4:31).
La oración cumple un fin ético en el creyente: mostrarle su pecaminosidad y la gracia abundante del Señor a su favor. También, lo ubica en la impotencia e incapacidad para servir y agradar al Señor y le revela que solamente unidos a Él, hay vida y esperanza para su abatido corazón. Además, lo humilla y convence que no puede sin su ayuda y dirección. En este sentido, lo ubica en el bien supremo; Dios. Por eso los creyentes deben dar gracias en la oración (Fil. 1:3-4; Rm. 1:8,21; Sal. 107:8).

Cuando oran deben llegar con gratitud a su presencia. Esto es posible, al reconocer que todo lo que hemos recibido es de Dios y nos lo ha otorgado por su gran misericordia. Al aceptar que nada es nuestro, nuestro corazón se llena de gratitud y adoración. Es decir, reconoce la fuente inagotable de vida. Esa es una postura éticamente correcta de todo hijo de Dios.
Las acciones de gracias deben ser por todo, en especial por su salvación y amor inmerecido (1 Cor. 15:57; 1 Tm. 1:12; Ef. 5:20; 1 Tes. 5:18). Además, debemos dar gracias cuando pasamos por pruebas, porque son moralmente buenas y planeadas para el bien de sus hijos (Stgo. 1:2-3, 6; Jn. 11:41;).
Toda oración debe hacerse con fe. También la fe es un don de
Dios, para dirigirnos a su santo trono con la confianza de ser oídos (Mt.
15:28; 17:20; Mc. 9:23; 11:24; Lc. 17:5; Stgo. 5:15). Debemos orar siempre, creyendo que Él es nuestro Dios, Señor y Salvador. La oración debemos hacerla según los principios éticos y morales descritos en la escritura; de lo contrario, es rechazada.
Los siervos de Dios deben invertir mucho tiempo en oración a solas y diariamente. En ella debe presentar propósitos específicos y detallados; personales, familiares y eclesiales para ser respondidas (Mc.
10:51).
La oración específica fortalece la fe, porque conocemos la respuesta y la agradecemos al recibirla (Hc. 10:2; Hab. 2:1-2). Una responsabilidad ética del pastor es orar a solas, no solo cuando lo están viendo. Allí descansa en el Señor, recibe paz para seguir, es lleno de fortaleza, confianza y valor para asumir los retos del ministerio.

También debemos orar en grupo; para estimulamos a la fe y al amor reciproco (Mt. 18:19).
Somos convocados a honrar al Señor y someternos a sus designios (1 Cr. 29:10-11; 16:35-36; 1:13-14; Hc. 4:24,27,31). Los primeros cristianos oraban juntos y pedían la dirección de Dios para tomar decisiones (Hc. 13:2; 20:36-38). Juntos debemos reconocer que las autoridades civiles son puestas por Dios, orar por ellas y someternos a las leyes establecidas (1 Tm. 2:1-2). Al orar en grupos o en hogares podemos pedir por necesidades espirituales y materiales (Hc. 20:18-20;
Lc. 12:6-7; Fil. 4:19; 1 Pd. 5:7-9; Jn. 17:15). Recordemos: “La oración eficaz del justo puede mucho” (Stgo. 5:16)

CONCLUSIÓN: El creyente y el ministro, para dar testimonio verás en su medio debe reflejar el carácter de Cristo. Para ello, se ha dicho que debe cultivar una vida en el Espíritu de Dios, una vida en la Palabra de Dios, y una vida de oración. Elementos esenciales para ir logrando la estatura del Varón perfecto.
En definitiva, la Palabra de Dios es el manual de conducta y de fe para llevar una ética que responda a la vida particular del creyente y del ministro en todo tiempo. De la misma manera, la familia que practica las reglas bíblicas en el rol que les corresponde, se mantendrá unida y será íntegra. Así seremos luz y sal en nuestro medio.

 BIBLIOGRAFIA:
*http://seminarioabierto.com/formacion32.htm

*
“Ética bíblica para el líder y el ministro” de Ismael Quinteros Rojas, y del Capítulo VI, Ética familiar, del Apéndice “Ética Cristiana” de Francisco Lacueva.


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