por Bernard
Coster
Posmodernismo
y posmodernidad son palabras que señalan ciertos fenómenos culturales de la
segunda parte del siglo XX, que tienen relación con la aceleración de la
cultura a partir de los años sesenta que todavía no tienen explicación
definitiva. Las palabras mismas, por su fuerza sugestiva, forman parte de los
fenómenos que se llaman posmodernos. A veces parece que establecen sus propios
fenómenos. No son conclusiones, sino hipótesis de trabajo por las cuales
podemos investigar ciertas expresiones culturales. Su función es la de un imán
que separa y aísla ciertos fenómenos, para observar la analogía y lo común de
ellos.
¿Podemos
atribuir a ellos una misma causalidad, una misma moralidad, espiritualidad,
podemos explicarlos desde una misma raíz? Por esta función de imán,
posmodernismo es una palabra sobrecargada y vacua. Hay una tendencia de agrupar
demasiados fenómenos bajo su título: literatura, arte, teatro, arquitectura,
filosofía, historia, religión, medios de comunicación. En cada una de estas
áreas se señala un momento de cambio y de transición, pero también un vacilar
entre moderación, renovación y radicalización de los motivos.
Para unos
posmodernismo es el resumen de todas las fuerzas destructivas de nuestro
tiempo, para otros es la consecuencia necesaria de las tendencias modernas, una
señal de la dinámica de nuestra cultura. Para los pesimistas es una amenaza, un
mundo ajeno y extraño, el golpe mortal de los valores tradicionales, para los
optimistas es un momento de nuevas oportunidades y para los realistas es la
consecuencia necesaria del proyecto moderno.
El propósito
de este artículo es investigar el posmodernismo para explicar sus consecuencias
para la fe, para la iglesia y para la teología. Después de una explicación
breve de la relación entre modernismo y posmodernismo, vamos a intentar
discernir con claridad sus tendencias por observarlo como estilo de vida,
existencia posmoderna y como corriente y tendencia en la filosofía
contemporánea y sus consecuencias en la historiografía y en la teología. Al
final hemos de buscar la explicación teológica del posmodernismo.
1. El
proyecto de la modernidad
El
pensamiento de la Edad Media, continuado en el tiempo nuevo por todas las
variantes del cristianismo confesional, era teocénctrico. Dios es la fuente de
todo el bien, es el Creador del mundo y el Señor de la historia. Las normas y
los valores no se explican por el hombre, sino por Dios, y sirven sus
propósitos. El hombre es un ser dependiente. Sólo hay una verdadera religión.
El modernismo
es la cosmovisión que niega este teocentrismo. En la Edad Media se manifiesta
en ciertas tendencias críticas, durante el renacimiento se establece en forma
del humanismo al lado del cristianismo y en el tiempo de la iluminación se
apodera de la cultura occidental y de todas sus expresiones. En este tiempo el
cristianismo se descalifica como premodernismo, y por eso, anticuado. El
modernismo es antropocéntrico, sustituye la fe (confianza en autoridades) por
la razón, que se hace la última y única autoridad para explicar el mundo y para
definir la moral.
El modernismo
era la ‘liberación del hombre de su ingenuidad, de la cual él mismo era
culpable (Emuanuel Kant). Cree con una fe inmovible en la bondad y creatividad
del hombre y confía la construcción y el gobierno del mundo a los sistemas
ideológicos (liberalismo y socialismo) y a las ciencias. Es decir, encarga a
las ciencias la responsabilidad de diseñar las alternativas del programa
político, económico, educativo y moral y espera que las ideologías den forma a
estas alternativas en un sistema democrático competitivo.
Modernismo es
el nombre de un proyecto ambicioso para remoldear el mundo.
Era un
proyecto imperativo con esperanzas mesiánicas, convicciones totalitarias y
militantes. Aún las fuerzas conservadoras y reaccionarias se adaptaban a su
forma de pensar. De este modo el modernismo se introducía en el cristianismo,
convirtiendo la teología (moderna) en una aliada de su programa.
Extensión y
crisis de la modernidad
En el siglo
XX el proyecto moderno se extendió a todo las naciones. Colonialismo y
descolonización, marxismo y posmarxismo, nacionalismo y neoliberalismo las
empujaron adelante en el camino del progreso moderno. Urbanización,
industrialización, globalización y americanización son los efectos. Por primera
vez se establece un mundo y este mundo está fundado en los principios del
modernismo.
Hay dos
momentos paradójicos en este proceso: (1) La contribución de la misión
cristiana a la modernización ha sido decisiva, pero es trágico que no haya
producido un mundo cristiano, sino el mundo moderno y secular, con toda su
agresividad económica, ideológica, tecnológica y militarista. La enemistad
actual del mundo islámico contra el occidente es una oposición contra el
proyecto de la modernidad, sin embargo, significativo es que el fundamentalismo
islámico identifica modernismo y cristianismo. (2) El otro momento trágico es
que mientras el proyecto de la modernización se expandió mundialmente, el mismo
occidente, donde tiene su origen, lo volvió la espalda.
No lo
sustituye por otro proyecto, sino anula sus valores por acelerar, radicalizar e
intensificar el sentido crítico y escéptico, inherente al modernismo.
El salto -
1968
Hay
diferentes factores por los que el modernismo no podía conservar la confianza
en sus propios valores. Las guerras mundiales, las revoluciones del siglo XX,
la descolonización, la Guerra Fría y la corrupción total del marxismo
manifestaron que el proyecto del modernismo no era manejable. El neomarxismo
mostró que en realidad todo el proyecto se movía por los intereses
social-económicos de la clase media y alta occidental. La revolución del ’68,
cargada con el sentimiento de culpa por el pasado, se volvió contra las
estructuras elitistas y, por eso, premodernas en el propio occidente,
radicalizando y acelerando las fuerzas ideológicas del modernismo para realizar
–por fin- los ideales ideológicos del liberalismo y del socialismo.
Cuando la
generación del ’68 obtuvo el poder en todos los sectores de la sociedad se
manifestó que su fuerza ideológica ya se había gastado. Los cambios que pudo
efectuar en los sistemas políticos, económicos, educativos y culturales
son ambiguos y no satisfacen las ilusiones de los años sesenta. La caída del
muro de Berlín era la prueba definitiva de que las ideologías no podían dirigir
el mundo. Al mismo tiempo se manifestaron las señales de que el tecnicismo y la
industrialización tenían consecuencias catastróficas para la ecología. Resultó
que el proyecto moderno era un proyecto sin dirección, y la vanguardia cultural
se apartó de sus ilusiones.
Durante unos
siglos la modernidad ha desafiado y provocado el pensamiento y la moral
tradicional. Se estableció como filosofía moderna, ciencia moderna, música,
literatura, teología modernas. En todas estas áreas la modernidad transgredió
las reglas clásicas y por hacerlo descubrió nuevas realidades.
Posmodernidad
desafía precisamente esta dinámica. La provoca, critica, ironiza e irrita por
radicalizarla. No observa su etiqueta y no respeta la prudencia inherente a la
modernidad de no poner en duda sus propios principios.
2. Existencia
posmoderna
El cambio de
la estética
En el año
1946 el filósofo de la historia británico, Arnold Toynbee, usa el término
posmodernismo para la (probablemente) última fase de la cultura europea, que
hace empezar en 1870, pero la palabra tiene su origen en la estética. Ya en los
años veinte había un tipo de poesía en España que se llamaba posmoderno y a
partir de los años sesenta es el nombre para las formas experimentales y
vanguardistas de arte, literatura y arquitectura. Es arte original, renovador,
controvertida, que provoca por su exhibicionismo brutal y por su ironía y
parodia.
Las
expresiones artísticas del posmodernismo son tan diversas que no es posible
unirlas por las características de un estilo. En la arquitectura es a veces es
la vuelta a principios tradicionales, pero casi siempre es arte
hiper-experimental con experimentos que niegan todas las definiciones clásicas
y modernas. Hay una tendencia en ella de poner en duda la realidad. Entonces ya
no quiere reflejar nada más que a sí misma y no querer comunicar nada. Se burla
de sí misma y de las convenciones morales por la publicación de libros con sólo
páginas blancas, novelas sin inicio, sin fin y sin intriga que se hojean en la
biblioteca sin leerlas, teatro que se interpreta sólo a sí mismo, objetos
triviales que estremecen por su banalidad pero que reclaman el título de arte.
El verdadero
inicio del posmodernismo es el momento cuando estos experimentos ya no
escandalizan y cuando son imitados en formas moderadas.
Entonces uno
ya se ha olvidado del modernismo. En este momento los cambios en la estética
penetran en la moda, produciendo la no-moda, que no prescribe nada y que
permite todo, y la anti-moda, que rompe con las normas cívicas.
La televisión
es el catalizador por excelencia de la estética posmoderna. Su influencia
coincide por completo con los cambios que observamos. Son cambios causados por
la visualidad y la superficialidad propias de este medio que a la vez permiten
su influencia. En este artículo no vamos a prestar atención explícita a los
medios de comunicación, pero su influencia se supone en todas partes. No sólo
extienden la cosmovisión posmoderna, sino que también la determinan. Adaptan
toda la realidad a sus requerimientos y de esta manera crear una realidad
hiperreal en la cual conocimiento se convierte en información y a la vez en
diversión. Además, los medios de comunicación se ponen a sí mismos de tal
manera en el centro de esta realidad, que el medio se convierte en el mensaje.
El cambio de
los valores
Los cambios
de la estética casi siempre son las señales de un cambio de valores. Las formas
cambian, porque ya no corresponden con el contenido. Posmodernismo era arte
hiper-experimental y provocativa pero se convirtió en la palabra para señalar
el estilo de vida experimental de los últimos decenios del siglo XX.
Posmodernismo
sacrifica los valores morales y cívicos del mundo occidental. Humildad,
dignidad, fidelidad, prudencia, moderación, honestidad, responsabilidad,
justicia y solidaridad han perdido su prestigio. Parece que también se ha
perdido la capacidad de observar estos valores sin acusarlos de hipocresía. La
infracción sistemática de ellos, que permite el posmodernismo, a veces tiene
forma irónica y relajada, a veces es exhibicionista, brutal, vulgar y provocativa.
Siempre es hedonista y por eso permisiva con respecto a drogas, erótica
inconveniente, música extática, religiones esotéricas y deportes arriesgados.
¿Cómo puede ser malo algo que produce placer? La dignidad de la persona se
atribuye exclusivamente a su individualidad, que es intocable, pero no a su
conducta. Cada uno tiene el derecho de definir su propia ética.
Posmodernismo
es antiautoritario, pero no es anarquista. En lugar del consenso moral basado
en una ética común con normas fijas, defiende tolerancia y pluralidad moral
garantizadas por las leyes y así se explica la combinación paradójica de
relativismo y legalismo. Exige que las leyes estatales den espacio (tolerancia)
–cada vez más amplio– a formas de conducta que antes eran reprobables, pero que
en el posmodernismo se llaman experimentales o alternativas. Sin embargo, estas
leyes no reflejan valores absolutos, sólo son arreglos que ordenan la
convivencia. La sociedad posmoderna necesariamente es multicultural porque
niega el derecho de exigir de ninguna persona la adaptación a ningún sistema
moral. Educación moral y cívica se limita a entrenamiento de tolerancia. La
influencia posmoderna cambia sistemáticamente la moralidad por la libertad de
experiencias, precisamente donde la vida es más vulnerable y necesita más
protección: el matrimonio, la familia, la vida no nacida, la educación y el
momento de la muerte. Igual que en el arte, donde experimentos esconden el arte
verdadera, los experimentos sociales sustituyen los valores. Donde una relación
homosexual se llama matrimonio, allí se esconde el matrimonio.
Debido al
cambio radical de valores, el posmodernismo no sólo es poscristiano sino
también poshumanista. Ya no comparte el optimismo de la antropología humanista
de la época moderna y no quiere sacrificarse para realizar sus ideales. El
siglo más sangriento de la historia, que se presenta cada día en toda su
suciedad, crueldad, dureza y mentira por medio de la televisión, no da ningún
motivo para creer en la bondad y la creatividad del hombre, ni tampoco en el
valor absoluto y la autonomía de la persona. Sin embargo, el posmodernismo no
tiene alternativa y por eso es profundamente pesimista.
Duda del
sentido que han dado las ideologías a la vida, duda de sus proyectos y duda del
beneficio de las ciencias y de la técnica, aunque disfruta sus efectos. Su
relativismo y escepticismo son ambiguos, selectivos y eclécticos, incluso
cínicos y cobardes. Critica y relativiza por medio de ironía y parodia pero no
diseña otro mundo mejor.
Posmodernismo
es nihilismo moral, que guarda las formas por motivos estéticos. Bien y mal son
cosas de etiqueta. Parece que el sentido estético común es el único criterio
para aprobar o desaprobar. La estetización de la vida se manifiesta en una
existencia sin sentido, una dinámica sin propósito, una creatividad sin
principios que se ilustran por el estilo de vida: matrimonios sin permanencia,
familias sin estabilidad, educación sin base moral, arte y moda sin estilo y,
para terminar, algunas calificaciones que indican lo siguiente de este
artículo, filosofía sin razón, historia sin pasado, religión sin fe.
El hombre
moderno era un peregrino en la senda del progreso hacia el país prometido. El
hombre posmoderno es un turista o un vagabundo, yuppy u okupa, que callejea por
su mundo que tiene apariencia de Disneyland: un mundo sin sentido, no obstante
divertido. Más que nada necesita estas diversiones, porque sólo ellas dan el
sentido a la vida y le ayudan a olvidarse de su angustia, su vacío y su
soledad.
No todo es
posmodernismo
El
posmodernismo, como lo vimos hasta ahora, es un tipo ideal, un maniquí, vestido
con posmodernismo. Es una combinación de todas sus apariencias en general. En la
realidad del mundo no lo encontramos con esta claridad. La fuerza sugestiva de
la palabra posmodernidad es tan grande que absorbe fenómenos que de ninguna
manera son típicos para nuestro tiempo. Hay mucha analogía entre el
posmodernismo y el sofismo, cinismo y epicureismo griego, el escepticismo
francés del siglo XVIII, la decadencia del fin du siècle (siglo XIX-XX) y la
decadencia alemana (1918-1933). Estos fenómenos históricos contienen varios
elementos que ahora se llaman posmodernismo.
En cierto sentido
posmodernismo es la proyección de la postura de vida de la vanguardia cultural
del tiempo a toda la sociedad. El futuro dirá en qué medida esta vanguardia
haya sido verdaderamente representativa. Posmodernismo no es la única crítica
de la sociedad moderna. Al lado derecho hay movimientos conservadores que
defienden los valores cristianos y humanistas, al lado izquierdo se encuentran
movimientos que mantienen el optimismo del modernismo por su fe en el progreso
moral de la humanidad, por ejemplo el movimiento de la Nueva Era.
3. Filosofía
sin razón
El fin de la
metafísica
Los valores
del modernismo, radicalizados y anulados por el posmodernismo, no son
cristianos sino humanistas, que tienen su base en la metafísica. La metafísica
es el descubrimiento de que detrás de las cosas observadas hay un orden, un
sistema de ideas, en el cual se refleja lo esencial de las cosas. Es un orden
que podemos deducir sin observarlo. A continuación, la metafísica es el deseo
de conocer y explicar este orden y estas ideas: el ser, las condiciones que le
dan sentido: verdad, razón, justicia, bondad y belleza, y además las ideas
generales como dios, hombre, alma, vida, animal, flor, etc. El uso de la razón
en la metafísica es ambiguo: Como razón forma parte de ella y como el pensar es
el instrumento para acercarse a ella. Es la escalera para subir al aposento
alto de la metafísica y un mueble del mismo.
La metafísica
de Emanuel Kant
La filosofía
de Emanuel Kant es uno de los pilares principales del pensamiento moderno. Por
medio de la razón crítica acaba con todas las ideas religiosas y transcendentales
tradicionales porque todo el conocimiento debe dar cuenta al tribunal de la
razón. Sin embargo, antes de todo, la razón misma debe mostrar su validez, debe
venir al conocimiento de sí mismo. Resulta, según Kant, que la razón no puede
salir de la realidad empírica y que sujeta todas las observaciones a las
categorías del pensar. La consecuencia es que toda la percepción refleja el
pensamiento. Las cosas se adaptan al pensar del hombre. Por ejemplo, el hombre
moderno siempre ve la realidad en las formas de las leyes naturales, pero son
leyes inventadas por su razón. Todos los cambios que observamos reflejan
causalidad y nunca observaremos algo que se mueve sin causa, porque nuestra
manera de pensar es causal. ¿Es posible una metafísica, una cohesión sistemática
de todo el conocimiento, mientras que la razón nunca sala del mundo empírico?
Sí, porque Kant le atribuye la capacidad de concluir, de unir el conocimiento
empírico y el conocimiento racional, por lo cual se produce una opinión. A base
de las opiniones llega a ideas universales: alma (subjetividad), mundo
(objetividad) y dios (unidad y causalidad). Kant no define el contenido de
estas ideas, sino sólo muestra su validez racional, crea espacio para ellas.
Muestra que el límite de la razón está en el punto donde termina el
saber. En este punto hay espacio para la fe. Dice: ‘Debo debilitar el
saber, para obtener espacio para la fe’. Fe en dios y en la inmortalidad se
permiten por la razón crítica, pero no se demuestran por ella. Sin embargo, hay
otro tipo de razón, la razón práctica, que prescribe lo que se debe hacer y que
así establece la moralidad. Las prescripciones no tienen origen trascendental,
sino son, igual que las leyes que observa la razón teorética, parte del pensar.
Resulta que la moralidad se revela por la razón. Fe en dios y en la
inmortalidad surgen necesariamente de esta moralidad racional, pero al mismo
tiempo son limitadas por ella, porque nunca pueden referirse a ninguna
revelación sobrenatural. Religión es el reconocimiento de las obligaciones
morales como mandamientos divinos, así que la fe y la religión siempre se
quedarán dentro de los límites de la razón práctica, es decir, de la moralidad.
El
posmodernismo es la aceleración e intensificación de la razón escéptica que a
partir del tiempo de Kant domina el pensamiento moderno. Duda profundamente de
la posibilidad de la reproducción fidedigna de la realidad y se propone la
des-construcción de todos los sistemas amplios, sean religiosos, metafísicos o
ideológicos. Es decir, por medio de una crítica radical, inventiva y creativa
fragmenta y desplaza las facetas de estos sistemas, vacía sus conceptos
principales y los priva de su legitimidad. Su escepticismo niega la posibilidad
de volver a establecer una nueva coherencia sistemática de todo el
conocimiento. No puede y no quiere saber el sentido de las cosas.
La crisis de
la razón
La
consecuencia del escepticismo posmoderno es que la razón misma pierde su
función como criterio universal del conocer. Se convierte en un instrumento del
pensar con un uso local-ocasional-privado que comparte – más que antes - su
autoridad con otras funciones mentales como imaginación, creatividad y
sensibilidad. La des-legitimación de la razón implica la eliminación de la
metafísica y de todos los valores del mundo moderno basados en ella y a
continuación la liquidación de los sistemas filosóficos e ideológicos. Por la
supresión de la metafísica no hay ningún ser esencial, ninguna verdad absoluta
y eterna, ni justicia, bondad y belleza, ni tampoco ideas intelectuales y
morales generales. La vida pierde su sentido a priori y se hace un proyecto al
cual cada persona debe atribuir su propio fin.
Hiperrealismo
La
eliminación de la razón significa también la liquidación del hombre como sujeto
que percibe, conoce y da sentido. El realismo del modernismo con su
racionalidad y objetividad se sustituye por hiperrealismo, que,
paradójicamente, es un nominalismo extremo. El hiperrealismo es la sensación
inmediata de la realidad directa, la intensificación de lo momentáneo y de lo
casual que impide la conexión de ella con una realidad más amplia con más
espacio y tiempo. En cierto momento percibe cierta realidad pero no puede
concluir en qué medida esta percepción se explica por sí mismo o por algo
exterior. En esta percepción momentánea e hipersubjetiva desaparece la
distinción esencial entre el sujeto y el objeto. ‘El sujeto ha muerto’, dice el
posmodernismo, y con él también la posibilidad de conocimiento objetivo y
fidedigno.
El hombre
posmoderno ya no es la persona autosuficiente, el burgués de la época moderna,
que reclama los derechos humanos y que conoce el sentido de la vida, sino una
persona multiforme. Su autonomía se disuelve y se fragmenta en una existencia
múltiple de muchos roles diferentes que carecen de centro o de jerarquía. La
única trascendencia de la existencia posmoderna consiste en experiencias
momentáneas y extáticas.
Lingüística
posmoderna
Después de la
des-construcción de la metafísica, del sujeto y del objeto no nos
sorprenderemos de que también se des-construya la lengua. Paradójicamente,
empieza con la sobrestimación de los sistemas lingüísticos, atribuyendo un
valor hiperreal a la narración o al texto, como prefiere decir el
posmodernismo. No es ninguna reflexión posterior que refleja la realidad
percibida, sino por su estructura precede a ella y le da su forma. La realidad
se adapta a la lengua. Lengua da realidad a la realidad. Es un sistema autónomo
de señales al cual tanto el autor como los lectores están sujetos, que
construye la realidad por proponer observarla según sus estructuras. El que
habla en el texto no es el autor, ni el sujeto, sino la lengua misma que
determina la forma de la narración. No hay ninguna posibilidad de contar algo
completamente nuevo porque la lengua no permite esto. No es así que el lector
lee (interpreta) el texto sino el texto convierte al lector en lector.
Después de la
sobrestimación de la lengua y el establecimiento de una realidad hiperreal a
base ella, la filosofía posmoderna inicia su des-construcción por disminuir su
capacidad. Niega que sea un instrumento adecuado para registrar conocimiento
fidedigno de una realidad objetiva. La lengua la sustituye por la que ella
misma propone de modo que la realidad que percibimos es lingüística,
consistiendo en narraciones, textos e idioma. Es una realidad imperativa,
porque es la única que existe y a la vez relativa, porque consiste en muchas
formas y ninguna de ellas es tan definitiva que puede reclamar la verdad
absoluta.
Realidad es
textualidad, dice el posmodernismo. Significado, interpretación, lógica,
relación causal y estructura no tienen relación con la realidad objetiva, sino
sólo con la realidad lingüística. El texto no se explica por el contexto (algo
que no está en el texto) porque no hay nada fuera ni encima del texto. Cada
texto se precede por otros textos y con ellos forma una red de
intertextualidad. Comunicación es intertextualidad. El autor tiene la capacidad
de producir un texto gracias a otros textos y el lector puede interpretarlo,
gracias también a otros textos. Intertextualidad parece una sala de espejos en
la cual un texto refleja nada más que otros textos. Palabras son señales y el
significado de ellas no se produce por la referencia a cosas externas, sino por
la referencia a otras señales. Una cultura, una religión, pero también la
historia misma son conjuntos de sistemas lingüísticos.
4. Historia
sin pasado
Crisis de la
historia
El
posmodernismo es una señal de que toda la confianza en la historia y en su
destino favorable, tan característica del modernismo, se ha secado. Al hombre
posmoderno sólo le queda un actuar sin sentido y sin esperanza. Es un ser que
vive al día para disfrutar del momento. Las figuras de las películas le son más
familiares que sus propios antepasados. Se ha separado de la historia pero no
experimenta la ruptura. Es un individualista, sin historia y por eso sin
contexto social, sin orientación por el pasado y sin esperanza en cuanto al
futuro, buscando la satisfacción instantánea. Incluso las noticias diarias se
hacen noticias sueltas que sólo confirman el sin sentido de la historia.
Todas las
cosas de este mundo son fenómenos pasajeros, dice el filósofo de la historia
F.R. Ankersmit, y por eso es muy probable que la historia misma también sea
pasajera. Por tanto: si el fin y el final de la historia son idénticos,
entonces el fin de la historia es la aniquilación. Este nihilismo profundo es
el centro de la ocupación posmoderna con la historia. Si la historia no tiene
sentido y si el pasado no tiene capacidad de orientación, entonces el
conocimiento de la historia es superfluo. En la medida que el ahora todavía
debe explicarse por el pasado, se lo entiende como el resultado de todos los
fallos de las generaciones anteriores que manifiestan la vanidad de sus valores
morales y espirituales. La historia ya no es una herencia que uno debe
conservar, sino una ruina que tenemos que hacer habitable. Así se legitiman los
cambios morales más radicales, y la conciencia histórica es tan débil que ya no
ofrece ninguna protección conservadora contra ellos.
En el tiempo
moderno las ideologías se legitimaban por la historia y daban sentido a ella.
El contexto político del posmodernismo es el del fin de las ideologías. El
momento dramático de la caída del muro de Berlín acabó con la su relevancia y
también con la relevancia que daban a la historia. Otro aspecto del contexto
que influye la crisis de la historia en el posmodernismo es la abundancia
excesiva de la información histórica precisamente en un tiempo que duda el
sentido de ella. La profusión aparentemente confirma el sin sentido porque
complica la claridad del juicio histórico en lugar de favorecerlo. Incluso se
habla del fin de la historia, pero resulta que la historia se acaba por
irrelevancia, que la reduce a materia prima de la cinematografía.
Historicismo
y posmodernismo
También la
crisis de la historia que señala el posmodernismo, es una radicalización e
intensificación de tendencias modernas. Sobre todo el historicismo, la profunda
conciencia histórica de la segunda parte del siglo XIX, sin postura religiosa o
ideológica definitiva, le atribuyó un valor casi metafísico por su capacidad de
dar sentido a la realidad por medio de la explicación histórica. Por causa de
su indecisión ideológica el historicismo pudo aliarse con idealismo,
positivismo, existencialismo y con las ideologías militantes así que
apenas lo encontramos en forma pura. Su forma más pura anticipa al pensamiento
relativista del posmodernismo: es una conciencia histórica que se determina por
su método (esteticismo) y que se manifestó como escepticismo profundo. Tiene
interés en el pasado ‘por sí mismo’, dándole una relevancia propia que
disminuye su relevancia educativa, pero en el fondo no tiene otro interés en la
historia que conocer e investigarla. Aunque reduce la realidad a su apariencia
histórica, no la ve independiente de la observación. Sólo por medio del
esfuerzo intelectual del observador se trasforma en una realidad con cohesión y
sentido. Por su relativismo y subjetivismo, el historicismo favorece el
amoralismo, pues explica las normas como productos irracionales del desarrollo
histórico. Haciendo esto, relativiza todos los valores morales o espirituales
ya desconectados de sus raíces espirituales. Los valores sólo le interesan en
la medida que hayan tenido influencia en cierta constelación histórica. La
realidad histórica explica los valores y nunca los valores determinan la
realidad.
Los mismos
historicistas temieron las consecuencias de sus pensamientos. No obstante, el
historicismo se convirtió en la cosmovisión del humanismo y del
neoprotestantismo del siglo XIX que, tal vez más que el concepto científico de
la realidad, que se desarrolló en el mismo tiempo, ha dominada el pensamiento
burgués de este siglo.
A pesar del
contraste evidente entre la profunda conciencia histórica del historicismo y el
desinterés del posmodernismo, hay una continuidad entre los dos. El
escepticismo y relativismo epistemológico y moral del historicismo ya contiene
las mismas dudas con respecto a la posibilidad de obtener conocimiento
fidedigno del pasado. El posmodernismo las radicaliza y las intensifica por la
negación de la realidad y la objetividad del pasado. Según el posmodernismo la
historiografía es anterior a la historia.
Historiografía
posmoderna
El
posmodernismo reduce todo el pasado y toda la historia a su realidad textual,
así que el mundo y su historia son una construcción lingüística. Una narración
histórica es una (hiper)realidad. Según estas ideas el historiador construye
historia en lugar de reconstruir y representarla, como pretendía el modernismo.
En el fondo historia no es otra cosa que una creación literaria, ficticia,
estética, tan imaginaria como la imaginación y la ficción. El pasado y la
historia ya no son criterios para definir la calidad de la narración porque el
único criterio es estético.
La lengua
habla, el autor ha muerto y el lector no puede penetrar en la realidad tras la
narración, dice el posmodernismo. La creación de significado es impersonal y
subjetiva, no depende del autor. Cada persona es su propio historiador.
Por la
eliminación del autor, también se elimina el contexto así que cada hecho – si
todavía podemos hablar de hechos - se convierte en un átomo sin explicación.
Todos los hechos juntos forman un conjunto casual. Según estas ideas el texto
no debe su significado al autor, ni tampoco al contexto histórico, sino a sí
mismo y a otros textos. No explica ninguna realidad objetiva, sino sólo a si
mismo y esto todavía sin pretensión de verdad absoluta.
Rechazo de la
historia
Realidad es
textualidad, dice el posmodernismo, realidad histórica también es textualidad.
Esta estetización de la historia degrada a personas y hechos a textos y
narraciones y renuncia a verdad, causalidad y cronología en la historia y
también al juicio objetivo. Hay un rechazo de la historia misma en la
historiografía posmoderna. La descalifican como macro-historia,
el producto del dominio cultural del occidente que
impone su concepto histórico a todo el mundo. Es la historia de los vencedores,
hombres, blancos, un sistema que viola las muchas micro-historias.
Posmodernismo quiere librar la historia de esta macro-historia y de sus métodos
y cambiarla por una historiografía libre, escéptica, creativa, irónica, sin
método profesional.
Aparecen
propósitos nihilistas y revolucionarios en estas tesis, pues si la realidad
histórica no es más que una construcción artística, legitimada por la
historiografía, puede ser cambiada con el mismo derecho. Por renunciar a la
capacidad de distinguir entre verdad y mentira, verdad y mito la historiografía
posmoderna niega la capacidad de hacer justicia histórica a las víctimas. Ni
aún puede tomar en serio su sufrimiento. ¿Cuál sería la consecuencia cuando
estas ideas posmodernas se aplicaban a la jurisdicción?
5. Religión
sin fe
Hemos
observado el posmodernismo como la aceleración y radicalización de la crítica y
del escepticismo moderno en la filosofía y la historiografía. También es la
aceleración del secularismo. No obstante, no es el fin de la religión, sino que
aparece como el inicio de una nueva espiritualidad.
Religión sin
Dios; el fin del teísmo
El proyecto
moderno era ‘hacerlo sin Dios’, establecer un control humano sobre todas las
cosas. La teología moderna apoyó este proyecto y permitió al hombre decidir por
sí mismo el contenido de sus creencias a base de la razón y de los sentimientos
religiosos. El clímax del modernismo era la declaración de la muerte de Dios en
el siglo XIX, que tenía su eco en la teología de la secularización de los años
cincuenta y sesenta.
A pesar de
que posmodernismo es una radicalización e intensificación del secularismo
moderno, parece que la teología posmoderna es una moderación del humanismo
agresivo y crítico de la teología moderna. Parece más modesta y más tolerante,
por ser menos racionalista, respetando más las tradiciones religiosas y los
conceptos teológicos. Sin embargo, a pesar de su crítica más moderada, su
escepticismo es más profundo. El modernismo intentó librar la verdad bíblica de
la cosmovisión antiguada, de sus mitos y de su historiografía ingenua, pero
estas cuestiones ya no le interesan a la teología posmoderna. Es radical
antiautoritaria y antidoctrinal, no se sujeta a la autoridad de los criterios
premodernos, ni a los modernos. No se esfuerza para desmitologizar la Biblia,
porque sus conceptos lingüísticos no distinguen entre mito e historia. Permite
la paradoja que la historia bíblica, que si bien no ha acontecido, no obstante,
es verdad, y esto significa que todo el contenido bíblico es mito.
Espiritualidad
posmoderna
La
religiosidad del posmodernismo renuncia a Dios y al teísmo, pero toma muy en
serio su propia espiritualidad. Rechaza todo el racionalismo y es la transición
de una fe doctrinal (premoderna o moderna) a una fe narrativa, poética y
emocional. Su forma típica es la de ensayos y de talleres en los cuales
des-construye todos los esquemas amplios de religión y de metafísica. Dios,
como explicación y norma final de la existencia, es sustituido por una
trascendencia inmanente, que consiste en momentos sublimes. Por la eliminación
de la historia como realidad objetiva, también se elimina la historia de la
salvación. Incluso la idea de la salvación se sustituye por el ofrecimiento de
nuevas oportunidades. Dogma, doctrina, teología, antropología, soteriología no
tienen más valor que metáforas que pueden ser sustituidas por otras nuevas,
experimentales y visionarios, por espontaneidad y sensibilidad. Todo esto sin
sistema y sin norma. Los creyentes posmodernos ya no buscan comunión basada en
unanimidad con respecto al contenido de la fe, sino se satisfacen con el acto
común de creer en algo.
Todo esto
produce una verdad teológica relacional, relativa y subjetiva. El creyente
posmoderno puede conservar cierta forma de teísmo, sin embargo, no cree en Dios
pero espera que exista y se reserva para sí mismo el derecho de dar contenido a
esta esperanza según sus preferencias. Como consecuencia admite tipos de
teología con uso limitado y particularista que acaban con la catolicidad de
ella: teología de la liberación, teología feminista, teología ecuménica. Cada
creyente puede diseñar su propia fe, cada corriente su propia teología.
La subjetividad y la multiplicidad de la verdad religiosa permiten un nuevo
politeísmo. Por ejemplo: imágenes femeninas y masculinas de dios sustituyen la
idea bíblica de Dios como Padre y la idea metafísica del dios absoluto. La
consecuencia es que la ética cristiana que se conservó más o menos por el
modernismo, también se fragmenta. La Escritura y la teología ya no pueden tener
el mismo mensaje moral para toda la iglesia.
La
espiritualidad posmoderna tiene mucho en común con la de la Nueva Era, pero la
diferencia principal es su pesimista. Por eso que su espiritualidad es
esperanza sin fe y fe sin verdad. La fe ya no es la realidad de lo que se
espera, sino su ilusión. No se basa en verdad, sino en la ilusión de la verdad.
Esta espiritualidad pesimista produce tipos de religión y teología que se
obligan a callar sobre Dios, incluso a borrar su nombre y en esta forma la
encontramos en la existencia posmoderna. Desconfía de toda religiosidad
establecida y la descalifica como hipocresía. Se satisface con tópicos
negativos con respecto a ella y así crea sus propios mitos.
Religión sin
objeto; teología narrativa
La teología
posmoderna ha perdido su objeto, que es Dios, pero esto no acontece por causa
de que la fe y la teología cristiana hayan perdido por fin lo último de su
verosimilitud. El hombre posmoderno renuncia a Dios, incluso al concepto
metafísico de dios, porque ha perdido tanto su fe como su incredulidad. Los
dogmas ya no son dogmas y la causa no es su propia inconsistencia, sino porque
la fe se ha puesto fuera de servicio. La causa es la misma radicalización e
intensificación del escepticismo moderno que des-construyó la razón. Este escepticismo
des-construye el contenido de la fe, la fe misma e incluso la incredulidad.
Excluye la posibilidad de que la fe pueda representar verdades religiosas
fidedignas. Sólo puede producir verdades subjetivas, crear su propia
hiperrealidad religiosa en forma de narraciones y textos. La teología se
identifica con textualidad, la fe se hace una función de la imaginación y
lengua precede a las dos. El creyente posmoderno se da cuenta de que crea su
propia fe creyendo en ella.
Influencias
posmodernas en el mundo evangélico
El
pensamiento y la existencia posmoderna ejercen una influencia profunda sobre la
fe, la iglesia y la teología en todas las denominaciones y cada uno de los
creyentes. Hay una sensación amplia de la dificultad de la fe en el contexto
actual, que a veces se expresa como una sensación de crepúsculo de Dios
(Götterdämmerung, Richard Wagner). Muchas veces la teología y la fe personal no
están a la altura de los desafíos de la realidad posmoderna. Parece que todas
las tradiciones se hayan agotado y que también todo el entendimiento teológico
sea provisional. Los sistemas doctrinales coherentes se sustituyen por
eclecticismo, experimentalismo o por la seguridad artificial del
fundamentalismo. Hay una tendencia de sustituir la unidad doctrinal de las
iglesias por preferencias sociales y estéticas. En lugar de unidad de los
conceptos se defiende espacio para la diversidad y la multiformidad. Liderazgo
autoritario y profesional se cambia por un concepto bajo del ministerio y por
la máxima participación de voluntarios. La fidelidad a la propia iglesia se
disuelve en consumismo religioso. El optimismo con respecto a la diaconía y la
misión de la iglesia en el mundo, fuerte en los años sesenta, se ha agotado.
Hay una sensación de un abismo infranqueable entre el mundo y la iglesia, la
sensación de la incapacidad de predicar el evangelio en el contexto cultural
actual. Los creyentes se dan cuenta de la dificultad de vivir moralmente bien.
Ya no pueden delegar la ética a las ideologías, ni a la ciencia, ni aún a la
doctrina.
¿Cómo debe
responder la iglesia a los desafíos de la existencia posmoderna? ¿Debe
renunciar a elementos de la doctrina y de la práctica que se han vuelto un
estorbo para la fe de la generación posmoderna, las verdades absolutas, la
ética rigurosa? Las cuestiones señalan el peligro de sacrificar elementos
esenciales al espíritu del tiempo y una ‘iglesia que se casa con este espíritu,
pronto será viuda’, ya dijo el teólogo neerlandés Hendrik Berkhof.
6. El
significado teológico del posmodernismo
El cristiano
ha de discernir las señales del tiempo (Mat. 16.3). Hay tiempos de refrigerio y
otros tiempos más difíciles en los cuales los cristianos sufren un sofoco
espiritual y la obra de evangelización parece imposible (Hech.3.16; 1Tim
.4.1-2; 2Tim.3.13; 4.3; 2Pedro 3.3; Jud.1.18). Hay tiempos de gracia y tiempos
de juicio. ¿Cómo hemos de valorar el posmodernismo, como un tiempo de
refrigerio, un juicio o sólo un tiempo como cualquier otro, una apariencia de
este mundo que pasará (1Cor. 7.31)?
La primera
parte del siglo XX, el tiempo de Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset, se
caracterizó por una sensibilidad profunda, casi profética, por las
condiciones críticas de la cultura occidental y de la iglesia cristiana. Hubo
una conciencia general de crisis de la cultura por causa del nihilismo
moral y espiritual y una igual conciencia de responsabilidad. Tres voces de la
mitad del siglo XX que observaron fenómenos que ahora se llaman posmodernismo
pueden ilustrar este espíritu: El filósofo de la historia neerlandés, Johan
Huizinga (muerto 1944), preocupado por la negación nihilista de los valores
metafísicos (razón, sentido, verdad, justicia) dijo: Una cultura debe tener una
orientación metafísica, o no puede existir. ¿Es posmodernismo el final de la
cultura occidental? En el año 1944 Dietrich Bonhoeffer (muerto 1945) en sus
cartas desde la prisión observa un mundo sin religión. La religiosidad
metafísica de la época moderna, después de sustituir la fe en el Dios vivo, se
había hecho inverosímil a sí misma. Bonhoeffer busca una fe en Dios sin
contaminación por la metafísica y se pregunta: ¿Podemos hablar sobre Dios sin
religión, es decir sin suposiciones metafísicos y psicológicas características
del tiempo? ¿De verdad la religión (la religiosidad) es una condición de la
salvación? En el año 1945, Helmut Thielicke, teólogo luterano alemán, consta
que el modernismo había producido un tipo de persona insensible para las
preguntas por la verdad, el sentido de la vida y la salvación. Un tipo de
persona sin apoyo, con sólo postura. Según Thielicke el nihilismo moral y
espiritual es el efecto del juicio de endurecimiento por causa de la exclusión
intencionada de Dios del mundo moderno. Por eso que no lo trata como un
fenómeno meramente cultural y filosófico, sino como un problema pastoral, a
pesar de su extensión general.
Conclusiones
cautelosas
Es obvio que
no es posible una separación radical de la fe cristiana y la metafísica. No hay
salvación por la fe en Cristo que no a la vez explique la existencia y
satisfaga los deseos más profundos del hombre. El posmodernismo manifiesta que
cristianismo sin religión, que buscaba Bonhoeffer, no puede existir. Sólo
produce espiritualidad sin fe, sin razón, sin criterio y al final sin
contenido. Una espiritualidad que a la vez es cínica por su descalificación de
todos los valores, frívola por su experimentalismo y hedonista por convertir la
religión en una diversión más. Para responder al posmodernismo hemos de
mantener el humanismo de la Palabra de Dios que reconoce la miseria del hombre,
su necesidad de salvación y sus aspiraciones más profundas. Este reconocimiento
es más que una suposición o una coincidencia. Es activo y efectivo, porque
precede y anticipa a las aspiraciones más profundas, precisamente por despertarlas.
Por ejemplo, las bienaventuranzas del Sermón del Monte despierten la sed de
justicia, pureza y paz, la necesidad de salvación y misericordia, al deseo de
conocer a Dios y a continuación responde a estas aspiraciones.
La nueva
espiritualidad del posmodernismo de ninguna manera es arrepentimiento en el
sentido neotestamentario de cambio de opinión por causa de la palabra de Dios,
sino endurecimiento. Por eso que el posmodernismo no es el fin de la
incredulidad del modernismo, sino su intensificación y radicalización.
Endurecimiento es el momento en el cual los argumentos incrédulos se confirman
aparentemente por la realidad del mundo. En la Escritura siempre es un momento
de juicio en el cual la causa y las consecuencias del mal coinciden (Salmo 81.12;
Is. 6.10-11; Ap.22.11).
¿Hay futuro
después del posmodernismo; hay una posibilidad de una liberación del mismo? La
idea general de la salvación en la Escritura no es la de una liberación del
juicio, sino la de una salvación a través del juicio. Para nuestra generación
significa que no hay vuelta atrás del posmodernismo. La iglesia ha de pasar por
la prueba del mismo, ha de padecer sus tentaciones y también las consecuencias
políticas y sociales de su amoralidad. Sorprendente y preocupante es que la
mayoría de las observaciones cristianas actuales del posmodernismo sean
neutrales o predominantemente positivas. Lo valoran como un fenómeno histórico
neutral, incluso esperan que la espiritualidad posmoderna sea una oportunidad
nueva para la predicación del evangelio. ¿Cómo pueden valorar positivamente una
corriente cultural que es catastrófica para la moral de nuestro mundo y que
paraliza la iglesia, una espiritualidad que no sólo sustituye el contenido de
la fe, sino también la fe misma? Parece que estas observaciones carezcan del sentido
profético que en la primera parte del siglo XX era común entre los cristianos y
humanistas más sensibles.
Posmodernismo
manifiesta la imposibilidad de fundar la fe en algún tipo de subjetividad, sean
los sentimientos religiosos o experiencias espirituales. Debe tener una base
más sólida. Hebr. 11.1 nos ayuda por decir que la fe es la realidad de las
cosas que se esperan y la evidencia de las cosas invisibles. Las cosas que
espera un cristiano son las mismas que las cosas invisibles. Son las cosas de Dios,
incluso Dios mismo. Así entendemos que la fe es la realidad y la evidencia de
Dios.
Posmodernismo
para la iglesia no es una cuestión cultural, sino pastoral. Es una cuestión de
la predicación del evangelio al mundo en el cual la función de fe y de confianza
ha cesado. Más que nunca, por las condiciones especiales de la situación
cultural, tenemos que concentrarnos en el centro del evangelio mismo que es
Jesucristo. No hemos de dudar la eficacia del evangelio, porque es poder de
Dios para salvación (Ro.1.16) y, sobre todo, Jesucristo es el mismo ayer, y
hoy, y por los siglos (Hebr.13.8). El evangelio todavía pide arrepentimiento y
lo efectúa por despertar y apelar a las aspiraciones más profundas del hombre,
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán
saciados (Mat.5.6).
Posmodernismo
reduce la verdad de la Escritura a una narración, pero tal vez que esta misma
narración, la narración relevante de la historia de Jesucristo y de la vida de
los creyentes del Antiguo y del Nuevo Testamento es la forma más apropiada de
la predicación bíblica en el mundo posmoderno. En este mundo el evangelio ya no
es confirmado por conceptos, valores y normas de una cultura que él mismo ha
establecido. Por eso que ya no tiene sentido de apelar a ellos. Igual que en la
iglesia antigua y en todas las situaciones misioneras, la predicación del
evangelio en el mundo posmoderno tiene que crear su propio espacio, un espacia
de lengua, de comprensión y de experiencia, un espacio donde Cristo es verdad y
realidad y donde la fe es posible. Esto acontece en la predicación narrativa.
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Dietrich
Bonhoeffer, Resistencia y Sumisión
Ponencia en
el VIII seminario presencial del CEIBI.
Salou, dic.
2001 Bernard Coster
Publicado en
Síntesis (Barcelona 2002)
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